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POR ALFREDO ADAMI
Caballitos: Una historia de navidad
Fecha de Publicación: 21/12/2010 | Milagrosa

Todos, absolutamente todos, en ese rinconcito iluminado y santo que habita en nuestro corazón, atesoramos alguna historia de reflexión o una historia de navidad. Yo, viví una increíble que jamás olvidaré y se las escribí. Ojalá, al leerla, los inspire a recordar alguna de las vuestras, para recuperarla, emocionarse y compartirla. Bueno, empieza así:

“Nada sucede porque sí”.
“Nada ocurre por casualidad”.
“Lo que haces hoy, mañana pude hacer la diferencia en tu vida”. Adhiero a estas afirmaciones, comparto y abrazo.

A comienzos de los ´70, yo atravesaba la etapa de “El explorador”. Ese momento en que los chicos comienzan a identificar lugares, subirse a los techos, treparse a los árboles, recorrer la cuadra, conocer vecinos, dar una vuelta manzana, entre otras proezas. Entonces un día de aquellos, “yendo de expedición” hacía la plaza San Martín por la Av. Saavedra, llegué hasta la Tienda Santa María (una de las grandes tiendas de Chacabuco por décadas) que delimitaba con la Escuela Católica. Recuerdo patente, que estando en la puerta del negocio, un empleado salió a mi encuentro. Me interrogó, me hizo hablar, se rió mucho, acarició mi cabecita, me obsequió una moneda y me dijo:

-Anda con esta monedita que tiene un “Caballito” (tenía grabada en una de sus caras, la imagen de un gaucho de a caballo y creo que era de 10 centavos o pesos) al kiosquito de la esquina y te van a dar caramelos.

Seguí su consejo, fui y el quiosquero me llenó las manos de golosi-nas a cambio de la moneda. Otras tardes, yo volvía a iniciar “mi ex-pedición”, pasaba por la tienda y el empleado siempre salía a mi encuentro, conversábamos, se sonreía y luego me decía: -¡Tomá un “Caballito”! Y me obsequiaba una moneda que alegremente sacaba del bolsillo del pantalón. Yo salía corriendo jubiloso al kiosco, compraba caramelos, regresaba a mi casa y los comía, en algunas ocasiones con mis amigos de la cuadra. Éste hecho se repitió muchísimas veces y Mario (después con el tiempo supe su nombre), simbolizaba para mi, un amigo muy generoso y rico. Esa era, exactamente, la imagen que había construido de él.

Después crecí, y eché sombra como un árbol…- tal cual describió nuestra “Pluma Brillante” Haroldo Conti, en el aquel magnífico cuento “Las doce a Bragado”- y fui por etapas ulteriores, futuras.

Ya en mi adolescencia. Me urgió la necesidad de trabajar. Corrían tiempos difíciles en Chacabuco y se me hacía complicado conseguir un empleo. Un amigo, había tomado la representación de una conocida marca de helados de renombre nacional y como conocía mi situación me ofreció venderle. Lo acepté pero con cautela. Temía defraudarlo y que me fuera mal. Pero él me tenía fe. Llegó el día de comenzar y me llenó la conservadora de helados. Debuté muy bien. Vendí todos y lo tomé con responsabilidad. Me había acondicionado una corneta grande de aluminio y recorría los alrededores de la ciudad. Gracias a este trabajo pude conocer todos los barrios y calles del lugar. Me iba estupendo y con mi amigo estábamos felices porque el negocio para ambos, realmente funcionaba.

Pero lo más emocionante y milagroso, me sucedió una tarde de tan-tas. No podría precisar la fecha, pero fue para antes de las fiestas. Mientras recorría una zona, cercana a la plaza Belgrano para el lado de la periferia, unos chicos me gritaron: ¡Heladero!, ¡Heladero!, ¡Pare heladero! Me detuve, y observé que desde una casa bajita, que estaba debajo de un gran árbol, salieron varios pequeños y vinieron hacia mí. Se arrimaron a la bicicleta pretendiendo comprar algunos helados y enseguida evidencié que no tenían dinero. De pronto, un adulto salió de la casita y se acercó. Cuando lo tuve cerca, lo reconocí y me estremeció: era Mario. Aquel amigo generoso y rico de la infancia. Su rostro me era imborrable. Nos saludamos con un abrazo y conversamos. Me contó que hacía muchos años que había dejado de trabajar en la tienda, entre otras cosas y que esos niños eran sus hijos. Entonces, como movido por

Autor: Alfredo Adami
Fuente: www.vivechacabuco.com


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